“CINCELADO”

Escrito: 25 octubre 2020 por Raúl (Administrador)
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Era su primer día en aquella celda, en aquel horror que ahora lo rodeaba por doquier.

Miedo, espanto, pavor…

Se sentía atenazado y lo desbordaba el pánico cada vez que su pensamiento caía en la cuenta de que, en cualquier momento, el ominoso carcelero de rostro cadavérico vendría para castigarlo. Cualquier ruido o movimiento fuera de su mazmorra lo interpretaba como seña inequívoca de la llegada de su verdugo, por lo que, tanto dormido como despierto, su vida estaba protagonizada por esa misma pesadilla en la que terminaba sucumbiendo a la sádica voluntad de ese psicótico con porra.

―Unas pisadas ―pensó aterrorizado al tiempo que se arrastraba hasta el rincón de la celda más alejado de su entrada.

Éstas resonaban cada vez con más fuerza en lo que parecía ser un pasillo eterno y, con cada pisada, el corazón se le aceleraba aún más, sintiendo una congoja en su estómago que lo acercaba a la descomposición y al vómito. Un último paso y, durante unos segundos, el silencio. De súbito, pudo ver entre los barrotes el rostro ensombrecido de facciones duras del abyecto guardián. Su mirada torva reflejaba un odio que no había visto nunca antes en toda la faz de la tierra. Estaba convencido de que había llegado su momento y, mientras luchaba en su interior para aceptarlo, la llave atravesaba de forma implacable la cerradura de ese agujero inmundo, anunciándole un sinfín de torturas y dolor.

―¿Preparado para que te reviente la cabeza, hijo de puta? ―decía el psicópata mientras se acercaba a él golpeando la porra una y otra vez contra su mano.

Silencio…

Soñoliento, miró a su alrededor para situarse y recordar dónde se encontraba. El corazón parecía que se le iba a salir por la boca y se sentía empapado por el sudor y una incómoda calidez que lo envolvía de cintura para abajo.

―He vuelto a quedarme dormido ­―se dijo en voz baja y trémula―. Y encima me he meado, joder ―se lamentaba mientras con renuencia palpaba su entrepierna.

Iba pasando el tiempo y, aunque de cuando en cuando una mano gentil depositaba al pie de su celda una bandeja de comida, el torturador no hacía acto de presencia. Pasaron días, semanas incluso, y poco a poco iba logrando aplacar ese temor que había llegado a obsesionarle de un modo enfermizo. Su mente se tornaba más reflexiva y, no sin esfuerzo, iba logrando armar argumentos que sin duda debían ayudarle a afrontar el tan temido momento en el que se iba a tener que enfrentar a sus peores demonios.

Comenzó a recordar su vida antes de entrar en ese agujero, cayendo en la cuenta de que el miedo siempre había sido una constante en ella y concluyendo que, aunque el objetivo de su miedo era otro ahora, las sensaciones eran idénticas a la experimentadas en el pasado. No podía dejar de preguntarse cómo podía permitir sentirse paralizado por el miedo alguien que había sido cincelado por él. Estaba habituado a esas sensaciones, estaba acostumbrado a sentir como una amenaza hasta el aire respirado, por lo que dio por sentado que ahora no podía permitir que un infame carcelero le hiciera dudar lo más mínimo sobre todo aquello que había logrado construir durante tantos años de terror.

Las pisadas volvían a escucharse y, esta vez, se aseguró de no estar dormido pellizcándose en un brazo y comprobando cuán genuino era el dolor.

Al llegar a la altura de su celda, el verdugo comenzó a golpear sutilmente la porra contra los barrotes con el único fin de infundir miedo en su víctima. Con parsimonia y firmeza, abrió la reja y se colocó frente a alguien que, contra todo pronóstico, aparentaba más seguridad de la esperada.

―¿Preparado para que te reviente la cabeza, hijo de puta?

Contumaz, aunque aún con cierto pavor, se sorprendió a sí mismo plantando cara a ese miedo que durante tantos años había cincelado cada rincón de su cuerpo, cada escondrijo de su cabeza.

―Al fin llegas, te estaba esperando.

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