“EL ÚLTIMO INFORME”

Escrito: 26 mayo 2019 por Raúl (Administrador)
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―¿Vas a venir o no? ―le insistió por última vez con tono perentorio.

―Te he dicho que no ―afirmó algo cansado―. Tengo que terminar este puñetero informe.

―De verdad que no te entiendo, Ismael. Estoy cansada de ir sola a todo y, sobre todo, de verte siempre así.

―¿Así cómo? ―preguntó tratando de sonar incrédulo.

―Estresado, irritado, ocupado, infeliz, mal…―expresó dejando claro que la lista podía ser aún más larga.

―¿Y qué te digo, Carmen? ―se quedó en silencio durante unos segundos―. Este trabajo…

―¡Deja de utilizar la excusa de siempre! ―le espetó interrumpiéndolo antes de que terminara la frase que tantas veces había usado en el pasado―. Está en ti la posibilidad de cambiarlo o dejar que te consuma la salud. Tú sabrás, pero yo ya no puedo más ―sentenció dando un sonoro portazo y marchándose, como siempre, sola.

Ismael sabía que su mujer tenía razón, pero su excesiva autoexigencia y un extremo sentido de la responsabilidad eran serios obstáculos para lograr un cambio a corto plazo. Era imposible no sentirse entre la espada y la pared, pues no era la primera vez que ella le daba un ultimátum por este mismo motivo y, aun así, él seguía aporreando las teclas en un éxtasis irrefrenable con el único propósito de acabar el informe. El problema es que ése no sería el último, nunca lo era…
Pasadas unas 3 horas Carmen estaba de vuelta en casa. Ismael, por su parte, seguía frente al ordenador completando el que probablemente sería su segundo o tercer informe de la tarde. Al escuchar la llave atravesar los herrajes de la cerradura, no pudo evitar levantar levemente los dedos del teclado invadido por un extraño sentimiento de culpa. Sentía cómo los ojos de su mujer se clavaban en su nuca y le conminaban a abandonar su puesto de trabajo. Cuando se giró, el rostro de ésta le confirmaba sus peores temores. Esta vez había llegado al límite y casi con toda seguridad habría tomado alguna importante decisión.
Los ojos de Carmen eran prueba clara de haber estado llorando, pues estaban rojos y vidriosos y en su cara se podían apreciar rastros de rímel dispersos. Estaba temblorosa, dubitativa, confusa y sólo acertó a dejar caer su cuerpo sobre el sofá.

―¿Qué pasa? ―articuló Ismael sin tener realmente claro si quería conocer la respuesta.

―Pedro…―dijo con voz trémula.

―¿Pedro?, no entiendo…

―Sí, ha…―las lágrimas comenzaron a inundar sus ojos.

―¿Qué le ha pasado a Pedro? ―preguntó con preocupación.

Carmen comenzó a esforzarse por reprimir las lágrimas y respiró hondo varias veces antes de hablar.

―Mi hermana me ha dicho que ha tenido un fallo cardíaco –explicó con toda la entereza que pudo.

―Joder, ¿qué dices? ¿Y está bien?

La inconsolable mujer movía su cabeza de un lado a otro al tiempo que se mordía el labio inferior en un infructuoso esfuerzo por seguir conteniendo las lágrimas.

―Ha fallecido…―soltó rompiendo de nuevo a llorar.

Ismael se quedó mudo. Se giró de nuevo hacia el ordenador mirando a la pantalla y reconociendo la escasa importancia que tenía ahora el informe que minutos antes había sido el núcleo de su universo. Además, se daba el caso de que Pedro no sólo era su cuñado sino también su compañero de trabajo. Era un trabajador incansable, siempre estresado, corriendo y malhumorado, y muchos informes habían pasado por sus manos erigiéndose igualmente en centro importante de su particular cosmos. Tras sufrir dos arritmias a consecuencia del estrés, su médico le aconsejó llevar una vida más tranquila, pero tan tozudo era que en ningún momento tomó en serio la advertencia.
El sentimiento devastador que en esos momentos lo abrumaba ante tan importante pérdida, solo era comparable al pánico que le generaba un obsesivo pensamiento que era incapaz de obviar: “voy a terminar igual”. Carmen, en cuya mirada se podía leer exactamente ese mismo pensamiento, enjugó sus lágrimas en un pañuelo y se levantó decidida a hablar.

―Dime que a ti no te va a pasar lo mismo, no podría soportarlo ―pidió con sinceridad.

―Es que no tiene por qué pasarme algo así ―afirmó nervioso sin creerlo realmente.

Carmen se arrojó a los brazos de su marido y éste, aunque aún desconcertado por la impactante noticia, le devolvió el abrazo.

―No sé cómo hacerlo, pero tengo que conseguirlo…pobre Pedro ―no había terminado aún la frase cuando las primeras lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas.

―Sí, por favor, tienes que lograrlo ―rogó con un hilo de voz.

Ninguno de los dos dijo nada más, permanecieron abrazados en silencio durante varios minutos y parecían buscar en la calidez del abrazo del otro el regocijo que necesitaban para llenarse de valor y afrontar la dureza del resto de la jornada. Al término del abrazo y para cuando su mujer se disponía a tomar un baño, Ismael se había girado nuevamente hacia su ordenador y, movido por un impulso incontrolable, ya golpeaba una tecla tras otra.

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