“AUSENCIA”

Escrito: 23 septiembre 2018 por Raúl (Administrador)
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Habían sido muchas las veces que Jorge se había sentido ausente de su propia vida, recluyéndose sin tomar decisión alguna sobre su futuro, dejando que el pasado lo atara en el presente y lo llevara a la deriva hacia un destino desconocido. Aun así, siempre había sido consciente de ello, siempre había sabido que estaba viviendo una vida huera convertida en una isla en la que vivía náufrago.
Empero, esa consciencia no la tuvo en esta ocasión. Ufano, llegaba a casa a eso de las 00:30, regodeándose por el hecho de que volvía pronto tras la boda de uno de sus mejores amigos y no habiendo bebido demasiado. Estaba seguro de conseguir evadir la resaca del día siguiente. Se lavó los dientes con diligencia, se despojó de las ataduras de la corbata y de ese último botón de la camisa que tan odioso resulta y se metió en la cama. Quería levantarse temprano y no se acostaba a mala hora, por lo que el regocijo era cada vez mayor. Pronto cayó en los brazos de Morfeo y pudo disfrutar de una noche de descanso bastante tranquila.
Al despertar, los signos no parecían indicarle nada diferente a las sensaciones que ya tuvo al irse a dormir. No parecía dolerle la cabeza y no sentía náuseas ni malestares gástricos. Parecía confirmarse que podría disfrutar de un día sin resaca. Raudo, se incorporó en la cama y echó mano del mando a distancia. Estaba a punto de comenzar una carrera de Fórmula 1 de la que quería disfrutar, por lo que no había tiempo que perder. Así, transcurrieron los primeros compases de la carrera y nada hacía indicar lo que estaba a punto de acontecer en unos minutos. Jorge comenzó a sentir un ligero malestar en su estómago, un ligero ardor que con desconcertante disimulo parecía querer escalar desde el esófago a su boca.

―Maldita sea, si apenas bebí ayer y no he tenido malestar ninguno hasta ahora ―se lamentaba para sus adentros―.

Conocía perfectamente esa sensación, y no sólo porque fuera propenso a sufrir fuertes resacas aun bebiendo poco, sino también porque las crisis de ansiedad y los malestares gástricos consecuentes eran algo muy común para él. Las sensaciones en un caso y en otro eran muy parecidas.
Ya sabía cuál iba a ser la tónica durante al menos toda la mañana. Sólo con esa sensación de malestar sabía que pasaría largas horas yendo y viniendo al baño. Y no se equivocó, al menos no del todo.
Escasos minutos después, el ardor logró escalar lo suficiente como para conminar a Jorge a ir al baño. Se levantó rápido y se arrodilló frente al váter. Lo que vino a continuación todo el mundo lo puede imaginar. Se quedó vacío, vomitó, vomitó y vomitó. Tras ello, comenzó a dudar de si realmente pasaría así toda la mañana o si ya se habría acabado. Parecía no tener nada más que expulsar fuera de su ser.
Volvió a la cama y se tumbó para seguir viendo la televisión, pero ésta y la carrera parecían no existir ya. El dolor de cabeza comenzaba también a hacer acto de presencia al tiempo que el regocijo del principio de la mañana parecía desvanecerse.
Apenas llevaba 5 minutos tumbado cuando de nuevo una náusea se alojó en su boca y le empujó a salir despavorido hacia el baño. El vómito volvió a aparecer, si bien apenas era bilis lo que su estómago acertaba ya a desalojar. Efectivamente, parecía no tener nada más en el estómago, pero por alguna razón algo le llevaba a exprimirlo para extraer hasta la última gota de sustancia que pudiera hacerle daño.
Su experiencia le decía que una vez aparecía la bilis ya podía estar tranquilo. Lo normal sería que las visitas al baño se hubieran terminado ahí. Por este motivo, decidió comer algo, ya que a pesar del malestar tenía un hambre voraz. Para su desgracia, se equivocó y aún tuvo que ir hasta 2 veces más al baño antes de volver a meterse en la cama con todo el cuerpo dolorido y sin apenas energía. Se sentía tan cansado que comenzó a sentir cómo las pestañas le pesaban más y más. Su cuerpo pedía descanso, su estómago guerra. Fue entonces cuando volvió a sentir un último ardor, una última náusea que lo llevaría por quinta y última vez al baño y que le haría tener una experiencia de desconexión de la realidad que para él superaría todo lo conocido.
Volvió a levantarse de la cama, no sin cierto mareo, y a dirigirse titubeante hacia el baño. Había ido ya 4 veces pero la urgencia que sentía era tan intensa como la primera. Clavó las rodillas con fuerza frente al váter al dejar caer todo su peso sobre ellas y, de repente, todo desapareció, se volvió oscuro. Ahora Jorge sentía como si estuviera durmiendo, se sentía como si navegara dentro de un plácido y placentero sueño. No podría decir con certeza cuánto tiempo estuvo en esa otra dimensión, pero lo mismo podrían haber sido 10 segundos que 5 horas. A continuación, como quien bucea para salir del agua gastando hasta su último aliento cuando ya apenas le queda oxígeno en sus pulmones, Jorge comenzó a notar que salía de ese sueño, casi asfixiado y encontrándose un mundo emborronado al abrir los ojos.

― ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? ¿Es de noche? ¿Es de día? ―se preguntaba Jorge más dudoso de lo que jamás había estado en su vida―.

Se esforzó abriendo y cerrando los ojos una y otra vez para recobrar la vista, comenzando a vislumbrar el cuarto de sus padres a través de la puerta abierta del baño. Lo siguiente fue darse cuenta de que su cabeza estaba apoyada en la taza abierta de un váter lleno de bilis, lo que le llevó a recordar en parte los vómitos sufridos durante toda la mañana.
Con gran denuedo levantó la testa de la taza y sintió como ésta comenzaba a sacudirse. Jorge no tenía muy claro si era un escalofrío, una ligera y breve crisis convulsiva o una reacción de renuencia, pero lo asustó de verdad. Tras los 2-3 segundos que duraron las sacudidas, pudo incorporarse y comenzó a explorar todo el mundo que lo rodeaba. Efectivamente estaba en el baño, ese lugar que tan familiar le resultaba esa mañana. Miró al váter y pudo comprobar que la bilis tenía cierto color ennegrecido, lo que le añadió un poco más de pavor a la situación. Comprobado el entorno, tocaba mirarse a uno mismo. Su reflejo en el espejo era desalentador: cara pálida, ojeras, cabellos despeinados. Además, le dolía todo el cuerpo y sentía un sabor asqueroso en su boca, por lo que abrió el grifo para enjuagársela. Empero, antes procedió a escupir y el miedo alcanzó su más alta cota al ver cómo su saliva teñía de rojo el lavabo.

― ¿He vomitado sangre? ―se preguntaba tremendamente asustado―.

De inmediato, notó cierto dolor en la boca, lo que le llevó a abrirla bien frente al espejo para descubrir el origen del mismo. Fue aquí cuando entendió, no sin alivio, lo que había ocurrido: durante las sacudidas se había mordido la cara interna de su moflete derecho. Estaba claro que podría haber sido peor, pero en ese momento prefería no pensar en ello. Se enjuagó la boca, se lavó la cara y volvió arrastrando sus pesados pies hasta la cama, esperando no tener que visitar más ese fatídico lugar. Comprendió que parecía haberse desmayado de tanto esfuerzo y se sintió algo idiota, pues ningún supuesto disfrute proporcionado por la bebida puede justificar tal experiencia posterior de sufrimiento. Se prometió a sí mismo no dejarse arrastrar nunca más por una copa de alcohol.

De este modo fue que Jorge volvió a sentirse una vez más ausente de su propia vida, con la gran diferencia de que en esta ocasión, aunque sólo fuera por unos segundos, no tuvo conciencia alguna de ello.

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