“AMANDA” III

Escrito: 2 marzo 2011 por Raúl (Administrador)
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Un futuro devastador

 

El pueblo seguía tal y como lo recordaba. Nada parecía haber cambiado desde la última vez que estuvo allí. Sus gentes alegres y joviales inundaban las calles, saludándose unos a otros al cruzarse, los niños jugaban y correteaban por todas las plazas, etc. Se sentía como un bicho raro entre tanta alegría, pues ésta era una emoción que acostumbraba poco a experimentar. En cualquier caso, no estaba allí para lamentarse de cuán triste era su vida, de modo que reanudó el ritmo rápido de su marcha y cruzó la última calle que lo llevaría hasta la puerta donde vivía su amada.
…Pom, pom…

– ¿Quién es? –preguntó una voz masculina.

La pregunta debía ser retórica, dedujo David, porque la puerta se abrió antes de que pudiera responder.

– ¿Qué haces tú aquí? –preguntó incrédula la persona a la que pertenecía la voz anterior-. ¿Cómo te atreves a presentarte aquí después de tanto tiempo? ¿Después de lo que hiciste aquel día?

Era el padre de Amanda, Guillermo, y no parecía estar muy contento de tener enfrente a quien tenía.

– Hola Guillermo. Siento mucho molestar, no es mi intención. Sólo quería ver a Amanda. Será un momento.

– No. No te voy a permitir verla. No tienes derecho –dijo Guillermo con obstinación.

– Lo sé. Lo sé perfectamente. No tengo derecho a nada, me he comportado como una persona despreciable y no me merezco otra cosa que tu rechazo y odio. Pero sólo te pido verla un segundo. Es muy urgente.

–  No puedo creer lo que estoy escuchando…Vete de mi casa, no quiero volver a verte. No vuelvas por aquí.

Tras sentenciar de ese modo, Guillermo dio un portazo dejando a David con la palabra en la boca.

– ¡Amanda! –gritó David con toda la fuerza que pudo-. ¡Necesito verte! ¡Será sólo un segundo! ¡Después me marcharé!

– ¿Qué haces aquí David? –preguntó una anciana que venía con las manos repletas de bolsas que parecían contener la compra del día.

– ¡Hola! ¿Cómo está, María? –preguntó en tono cariñoso-. Necesito ver a su nieta cuanto antes. Por favor, dígale que salga.

La abuela de Amanda le tenía un cariño muy especial a David, de modo que eso parecía que podía ser suficiente para que no lo odiara tanto como Guillermo.

– ¿Qué tal hijo? Me alegro mucho de verte –dijo la anciana con una sonrisa sincera-. Pero… no entiendo muy bien qué haces aquí. No voy a permitir que le vuelvas a hacer daño a Amanda.

– No, María. Sólo necesito verla un segundo y me iré, se lo prometo. Dígale que salga por favor –imploró una vez más.

– Pero… es que Amanda no está en casa. Esta misma mañana dijo que iba al parque del pueblo a dar un paseo por el río. Lo cierto es que estaba muy rara. Nunca antes la había visto tan triste. Esta niña nos tiene muy preocupados.

David ya tenía lo que quería, no necesitaba seguir esforzándose por mantener la conversación. Bastante nervioso estaba ya como para perder el tiempo haciendo algo que no le gustaba nada: hablar y relacionarse con personas.

– Muy bien, María. Muchas gracias. Iré a buscarla.

– David, por favor. No le hagas más daño –ordenó la anciana en un tono amable y autoritario al mismo tiempo.

– Se lo prometo María. La veré un momento y me iré por donde he venido –dijo en tono perentorio.

David se volvió sin ni siquiera despedirse y echó a correr en dirección al parque. Estaba a tan sólo unos minutos de reencontrarse con Amanda, su ángel, y una mezcla de nerviosismo, ilusión y alegría embriagaba su cuerpo y aceleraba con estrépito su corazón.
Una vez en el parque, todo estaba en orden. No había apenas gente y los cantos de los pájaros protagonizaban una escena armoniosa. Los olores propios de la primavera estaban presentes por todos sitios y el ruido del fluir del río resultaba realmente relajante. La ansiedad de David parecía perderse en la inmensidad de la paz que se podía respirar en aquel lugar, y eso era bueno, pues lo ayudaría a afrontar la situación que tenía por delante.
No anduvo mucho cuando pudo divisar a lo lejos el puente que cruza el río y, sobre él, a un ángel meditabundo y compungido. Amanda parecía observar el fluir del agua desde lo alto del puente, al igual que solía hacer cuando iba por allí con David. Una sonrisa se dibujó  en la cara de éste, resultándole prácticamente imposible reprimirla, ya que era casi como un instinto salvaje.

– ¿Qué hace…? –se preguntó incrédulo mientras Amanda se pasaba al otro lado de la barandilla con decisión.

– ¡Amanda! ¡No lo hagas!…

Era demasiado tarde.
El bello cuerpo de ese ángel desconsolado se precipitaba al vacío y un golpe seco en una de las orillas del río helaba el corazón de un David que, segundos después, se arrodillaba junto a su amada contemplando tan abominable escena. Ahora los cantos de los pájaros resultaban estridentes y el olor a primavera nauseabundo. Todo se teñía de negro, la alegría de antes era la tristeza de ahora y el bello rostro angelical de la mujer que yacía entre sus brazos se mostraba exangüe.
Todo había terminado.

No podía dejar de observarla y, aunque las lágrimas emborronaban su visión, podía comprobar que, incluso sin vida, Amanda seguía siendo bella. Se levantó, se enjugó las lágrimas con sus manos llenas de sangre y recobró parte de la alegría con la que entró en aquel parque. Ya lo había decidido; no tenía ninguna duda al respecto. La vida sólo merecía la pena vivirla si podía pensar que Amanda era feliz. Sin Amanda nada tenía sentido.

Minutos después, David remedaba a su ángel.
Al caer a su lado, agarró su fría e inerte mano y con denuedo y gran alegría acertó a decir: “volvemos a estar juntos”.

Fin

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  1. TB says:

    Esta muy bien y me ha gustado. Con lo que me dijiste me esperaba otra cosa, me había hecho en mi cabeza otra historia con otro final. Así que me ha sorprendido para bien, felicidades por el relato.

  2. Raúl (Administrador) says:

    Respuesta a TB: me alegro de que te haya gustado y te agradezco tus felicitaciones. No obstante, espero que en un futuro llegue a escribir relatos mejores.

    Saludos.