“AMANDA” II

Escrito: 26 febrero 2011 por Raúl (Administrador)
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Una mirada al pasado

Dos años habían pasado desde su “no boda” con Amanda y, aunque profundamente deprimido, David había mejorado notablemente con respecto a sus problemas con el alcohol, los ansiolíticos y las compulsiones. Ahora sólo tomaba la dosis prescrita de ansiolíticos y un par de vasos de whisky al día (todo un logro si tenemos en cuenta que antes se llegaba a tomar hasta 2 botellas diarias), y, además, casi no necesitaba realizar muchos de esos rituales compulsivos que tanto le ayudaban a calmar la ansiedad en algunas ocasiones y tan nervioso lo ponían en otras. Había conseguido, en definitiva, tener una vida casi normal dominada por la rutina y la cotidianidad, y todo ello gracias a la supresión de la fuente de ansiedad que suponía su continua preocupación por no hacer feliz a Amanda. Pensaba que con su decisión de no asistir a la boda Amanda tenía posibilidades de ser feliz en el futuro, mientras que si se casaba con ella la haría infeliz el resto de sus días. Y es que sabía que con los problemas psicológicos que venía acarreando desde hacía tanto tiempo, nadie que estuviera cerca de él podría ser feliz. Ahora estaba solo y eso le permitía estar más tranquilo, pero al mismo tiempo se veía embargado continuamente por la pena que le originaba el no poder tener una vida mejor en compañía de amigos y, por supuesto, de “su” Amanda.

– Buenas tardes David. ¿Qué tal te ha ido el día? –le inquirió una vecina que barría las escaleras.

– Como siempre. Ya sabe. Un día aburrido –respondió con voz dubitativa e insegura mientras subía los últimos peldaños que lo llevaban hasta la puerta de su casa.

David era algo misántropo y eso dificultaba mucho sus relaciones con el vecindario. A pesar de ello, muchos de sus vecinos lo trataban con gran cariño, puesto que conocían sus dificultades para relacionarse y lo consideraban una “muy buena persona”.

– Bueno, ¿pero está todo bien, no? –preguntó algo preocupada.

– Sí. Gracias. No tiene de qué preocuparse –la calmó mientras raudo sacaba las llaves del bolsillo de su pantalón con la intención de poner fin a la conversación-. Hasta luego –se despidió antes de cerrar con un portazo y sin dar oportunidad de réplica a su interlocutora, que ni se inmutó, conocedora de la brusquedad de David a la hora de terminar una conversación.

Había sido un día aburrido, como bien había informado a su vecina, pero también agotador, por lo que necesitaba descansar un poco antes de empezar a prepararse la cena. Se tomó la pastilla correspondiente y se sentó en su cómodo sofá con la única compañía de un vaso de whisky y sus tormentosos pensamientos. Después del primer sorbo del licor se quedó dormido.

De repente, todo estaba oscuro, se oían gritos de pánico y sirenas que inundaban y teñían la atmósfera de un tono ciertamente trágico y caótico. Lo siguiente no fue un sonido, sino una imagen. Dos coches en medio de una autopista habían impactado frontalmente y todos sus ocupantes habían fallecido. Ambos turismos ardían y los bomberos trabajaban duro para ganarle la batalla al fuego. Después de eso, no hubo nada más. Sólo silencio.

David despertó sobresaltado y un sudor frío le recorrió la nuca.

– ¿Qué coño…? –se pregunto a sí mismo sorprendido y aún algo nervioso-. Joder…Vaya sueño de mierda. Así cómo voy a estar tranquilo. Cuando no es por una cosa es por otra, y ahora, encima, con sueñecitos raros. Necesito una copa.

Dirigiéndose a la cocina con el vaso de whisky que había intentado beberse antes de dormirse, se lo bebió de un trago y se sirvió otra copa. La angustia que le oprimía el pecho parecía haber desaparecido en parte y decidió ver la televisión un rato, pues aún era temprano para la cena. Como esperaba, no había nada que mereciera la pena, así que se fue quedando nuevamente dormido poco a poco. Cuando estaba a punto de ceder por completo ante el sueño, esos gritos desesperados volvieron a despertarle de nuevo. Lo peor era que éstos no desaparecieron con su vuelta a la vigilia, ya que provenían de la televisión y las imágenes que se estaban emitiendo eran exactamente las mismas que había visto en sus sueños. Un rótulo al pie de éstas indicaba: “imágenes exclusivas del accidente de esta mañana en la E-815”. Esas imágenes dieron paso a una guapa presentadora de informativos.

– Pues estas son las imágenes que teníamos en exclusiva del brutal y fatídico accidente ocurrido esta mañana en la E-815. Como informábamos en la edición matinal, todos los ocupantes de ambos vehículos han fallecido en el acto y los bomberos han necesitado casi dos horas para extinguir las llamas –informaba con diligencia y, como era habitual, una morbosidad despreciable.

David no salía de su asombro. Estaba seguro de que el accidente que había visto en sus sueños era exactamente el mismo que acababa de ver por la televisión. ¿Pero cómo era eso posible? No recordaba haber visto ni oído nada respecto a ese accidente.

– ¡Putas pastillas! ¡Puto alcohol!…-gritó furioso-. ¿Qué coño me estáis haciendo en la puta cabeza? –se preguntó entre sollozos mientras lanzaba la copa de whisky contra la pared.

Evidentemente, no podía entender cómo había podido tener una visión de un suceso pasado cuya existencia ignoraba por completo.

– Un momento, vamos a ver…-intentó tranquilizarse a sí mismo.

Mientras intentaba reflexionar sobre lo que había pasado, no paraba de tocarse la frente con la punta de los dedos ni de hacer ademanes constantes con sus manos, como era habitual en él cada vez que estaba un poco nervioso.

– Es posible que lo haya oído por la calle y que, aún no habiéndole prestado atención, se haya quedado retenido en mi inconsciente. Ha debido ser eso –intentó convencerse a sí mismo-. Sí, ha debido ser eso.

Si algo caracterizaba a David era su inteligencia y su necesidad de darle una explicación lógica a todo cuanto le sucedía, y ésta parecía satisfacerle en parte, así que decidió aceptarla como válida.

– No le voy a dar más vueltas. No debo darle más vueltas –repetía compulsivamente al tiempo que apagaba la televisión, limpiaba meticulosamente el destrozo que había hecho y se dirigía a la cocina para hacerse algo de cena.

Cenó con rapidez y, cuando terminó de recogerlo todo, se fue a dormir albergando la esperanza de que el nuevo día fuera menos agotador y le trajera un poco más de tranquilidad.

– ¡Nooo! Por favor –suplicaba la joven entre lágrimas provocadas por el pánico.

– ¿Cómo que no, putita? Si esto te va a gustar. Vas a ver ahora –amenazó el hombre corpulento mientras la agarraba con fuerza y acariciaba su mejilla con la hoja de la navaja.

La joven forcejeó una vez más en un último y desesperado intento por zafarse de las garras de aquel rufián, pero fue en vano. Lo único que consiguió fue acelerar la llegada de su muerte. El hombre, dominado por la frustración que sentía ante la imposibilidad de llevar a cabo con tranquilidad lo que pretendía, optó por invertir la secuencia de sus actos: primero la mataría y después la tomaría.

– Cállate de una vez, hija de puta –gritó furibundo cual ser poseído por una fuerza sobrehumana.

La asustada chica hizo lo que le pidió, pero la hoja de la navaja ya había cruzado su cuello de lado a lado y se desangraba con inusitada rapidez. Tras su último y lastimero aliento, cayó al suelo sin vida mientras su ávido y pervertido verdugo llevaba a cabo los preparativos para terminar lo que no había podido hacer con anterioridad.

– ¡Nooo! –exclamó David entre ahogados jadeos.

Silencio, sudor frío y oscuridad. David se encontraba en su habitación y no daba crédito a lo que acababa de experimentar. De nuevo, otro sueño espantoso lo había traído a la vigilia y, casi con toda seguridad, le iba a impedir dormir durante lo poco que restaba de noche.
El día amaneció soleado y una quietud poco habitual le hizo presagiar que el nuevo día tampoco iba a ser bueno. Se levantó algo ansioso y preocupado por el sueño de la noche anterior y, sobre todo, con muchísima hambre, de modo que, tras pasar por el baño, se dirigió a la cocina a tomar el desayuno. Dado su estado de ansiedad y hambre, pensó que debía prepararse algo que paliara ambas cosas, así que optó por unos huevos a la plancha y un buen vaso de su mejor whisky. Mientras devoraba ese desayuno tan poco apetitoso decidió poner la radio para relajarse con su programa musical favorito. Lo que escuchó, no obstante, provocó en él el efecto contrario.

– La investigación está en curso pero todo apunta al móvil sexual. La joven fue encontrada en un callejón con el cuello degollado y completamente desnuda –comentaba la presentadora con austeridad-. Presuntamente fue asesinada esta misma madrugada. Sus ropas destrozadas han sido encontradas junto al cadáver y están siendo interrogadas las últimas personas que la vieron con vida. Seguiremos informando. Ahora continúen disfrutando del programa musical con más éxito de la radio actual.

El tenedor se le cayó al suelo y un calor le recorrió el cuerpo desde la punta de los pies a la cabeza. Mientras en la radio sonaba una de las canciones de moda, todo a su alrededor le daba vueltas y sintió un repentino mareo y unas náuseas que le hicieron dirigirse raudo al baño. Pero no llegó a tiempo, ya que a mitad de camino terminó vomitando de una manera un tanto escandalosa. Seguidamente, y antes de ponerse a pensar en lo que había pasado, miró con detenimiento el vómito del suelo y, no sin renuencia, se dispuso a limpiarlo.

– No puede ser. No puede ser –repetía con insistencia mientras retiraba el vómito entre náuseas y mareos-. Ha debido ser casualidad. ¿Cuántos asesinatos de ese tipo hay cada día en el mundo? ¿Decenas? ¿Cientos?

Los ademanes y gestos volvían a aparecer mientras David mantenía su elocuente monólogo. Asimismo, su ansiedad volvía a ser muy evidente y empezaba a faltarle el aire.

– Voy a poner la televisión para ver si cuentan algo.

Tras dar un repaso por casi todas las cadenas, encontró una que hablaba del asesinato de una joven.

– Ésta debe ser –se dijo a sí mismo-. Pero…-estaba perplejo-. El sitio es el mismo con el que yo soñé anoche. No, joder, no. ¿Qué me está pasando?

David rompió a llorar. Una joven había sido asesinada y él, sin saber muy bien cómo ni por qué, lo había presenciado. Y para colmo, en esta ocasión no tenía el respaldo de la lógica. No tenía ninguna explicación racional que le permitiera comprender por qué había soñado con ello, lo que le hacía sentirse aún más desquiciado.
Una vez se recompuso un poco, decidió que lo mejor que podía hacer era no ir a trabajar, de modo que llamó a la oficina e informó de ello. Acto seguido, se tomó una dosis bien alta de sus pastillas favoritas y tras dos vasos de whisky se sumió en un profundo sueño. En esta ocasión no tuvo ningún sueño desagradable, de modo que durmió sin interrupciones durante horas. Al despertar y ver que era bastante tarde para hacer cualquier otra cosa que no fuera comer algo e irse de nuevo a dormir, hizo lo propio y, pasados unos minutos, volvió a conciliar el sueño con sorprendente facilidad. En esta ocasión, las pastillas y los brebajes estaban haciendo bien su trabajo.

Un ángel, serio y taciturno, se disponía a sentarse frente a un papel y un bolígrafo. Parecía presto a librar la más dura de las batallas, mostrando la duda propia de los momentos previos a desenvainar la espada. Era un rostro muy conocido, de modo que David no lo dudó un instante:

– ¿Amanda? ¿Eres tú? No sabes cuánto te he echado de menos, no sabes cuánto me he esforzado para no olvidar tu rostro, aunque ahora bien me doy cuenta de que he fracasado en tal misión. En mis recuerdos no eres ni la mitad de bella de lo que ahora puedo comprobar.

Pero Amanda no estaba. No respondía. Ni siquiera alzó la mirada del papel para, al menos, observarlo torvamente por todo lo que le había hecho.

– ¿Qué te ocurre Amanda? Estoy seguro de que algo te pasa –señaló David al observar la seriedad con la que Amanda escribía sobre el papel.

No hubo respuesta.
Ese ángel, su ángel, ya no parecía estar preparado para transmitir la alegría que otrora lo caracterizaba.
De repente, un llanto contenido dominó por completo la escena, lo que hizo que David viera confirmadas sus sospechas. En ese mismo instante, se percató de que podía moverse y aproximarse a su amada, de modo que procedió con rapidez a realizar tal maniobra. Una vez estuvo cerca de ella, intentó acariciar sus bellos cabellos con el propósito de consolarla, pero no era posible.

– Perdonadme. Perdonadme todos –suplicaba Amanda en voz baja y entre sollozos.

– Pero, ¿qué te pasa? –preguntó frustrado y angustiado David.

No obstante, el verdadero golpe vino cuando dirigió su mirada a lo que Amanda había escrito con tanta seriedad antes de verse dominada por el llanto:

A mi familia:
Nada tiene sentido sin él. Sabéis cuánto lo he intentado, pero nada merece la pena sin él. No quiero seguir así, no quiero vivir así, no quiero seguir engañándome a mí misma haciéndome creer que no lo quiero, como tampoco quiero que lo hagáis culpable a él de mi decisión. Os quiero mucho, y por ello os escribo esto, para pediros perdón y haceros saber que voy a estar bien, pues voy allí donde todo sufrimiento termina, allí donde los recuerdos no existen y allí donde la vida concluye.
Os quiero.

Amanda

– ¡No! ¿Pero qué vas a hacer Amanda? –gritaba con insistencia David-. No puede ser, no puede ser, no puede ser…

– ¡No puede ser! –bramó David en la oscuridad de su habitación y entre sábanas sudadas-. Esto sí que no. No, no, no –repetía una y otra vez mientras se levantaba agitado de la cama y empezaba a deambular de un lado a otro de la estancia.

Una risa nerviosa empezó a cobrar protagonismo entre los ademanes y gestos propios del excitado David. No sabía qué hacer, no sabía cómo actuar. La incertidumbre lo había poseído y lo había llevado hasta un callejón sin salida del que ahora no sabía cómo salir. ¿Verdaderamente su amada quería terminar con su vida?, ¿verdaderamente, como en los casos anteriores, este sueño había tenido lugar en algún momento del pasado?, ¿no sería más bien un sueño provocado por los remordimientos que tenía por haberla tratado tan mal? Todo eran preguntas, y no tenía respuesta racional para ninguna de ellas.
Tocaba vaso de whisky y pastillas. No conocía ninguna otra manera de tranquilizarse, así que no lo dudó y se fue directo a la cocina. Después del primer trago lo vio claro:

– No puedo quedarme de brazos cruzados –decía David mientras se frotaba con insistencia la frente con la punta de sus dedos-. Me da igual que me digan que estoy loco, me da igual hacer el ridículo. Me da igual todo. Voy a ir a ver a Amanda. Tengo que asegurarme de que todo está bien.

Continuará

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