El deseo se mantiene intacto, por lo que sigue habiendo esperanza

– ¡Luces en la celda 9! –gritó el guardia nuevo.

Al instante, una potente luz blanca y cegadora inundó toda la celda. Al parecer, había alguien fuera que controlaba el encendido y apagado de las luces de todas y cada una de las celdas. George estaba en la celda 9, lo que quería decir que, como mínimo, había allí otros 8 compañeros sufriendo las mismas inclemencias que él, ya que los presos comunes eran encerrados en lugares distintos a los de los presos políticos. Ahora, la celda parecía algo distinta, no tenía un aire tan siniestro ni temerario, aunque el olor seguía siendo igual de desagradable y el escaso espacio igual de incomodo.

– Traiga un cubo de agua Smith –ordenó el guardia nuevo-. Este imbécil ha hecho sus necesidades y hay aquí una peste insoportable.

– En seguida Señor Martens –contestó Smith servilmente.

Gracias a esto, George pudo deducir que el guardia que antes le parecía tan feroz no era más que un subordinado de este otro que ahora se encontraba en la celda (que debía ocupar, por tanto, un cargo superior), aunque el aspecto de este último, irónicamente, no era tan autoritario ni imponente como el de Smith. Era un hombre de baja estatura, ojos pequeños, pelo corto canoso y complexión delgada. Su voz, eso sí, era de un grave desconcertante, de modo que se podía decir que su delgaducho cuerpo no hacía honor a tan vibrante vozarrón.

– ¿Tienes hambre? –preguntó Martens.

Era curioso, pues hasta el momento en que George oyó esa pregunta no se había percatado de que estaba realmente hambriento. Pensó que sería capaz de comerse tres vacas enteras si se las pusieran por delante.

– Sí –contestó tímidamente George aún dolorido por el golpe en las costillas-. Mucha.

– Hacemos un trato entonces –le propuso-. Si me respondes a las preguntas que te voy a hacer, te daré de comer lo que me pidas.

George dudó unos instantes, pues el hambre que tenía era realmente atroz, pero tras recapacitar optó por lo que creía era lo más razonable.

– Tengo muchísima hambre, pero ¿qué sentido tiene saciarla si momentos después me vais matar? Además, quieres que todo ello lo haga a cambio de traicionar a mis compañeros y a mí mismo. Mi respuesta es que no. No hay trato.

Martens le dio un puñetazo en la cara y George, segundos después, pudo sentir cómo se le hinchaba el ojo izquierdo, lugar en el que había caído el puño cerrado del General a una velocidad de récord.

– Lo primero, a partir de ahora me hablarás de usted, maldito rojo –repuso Martens con aire altanero-. Y lo segundo, claro que te vamos a matar, pero no es lo mismo morir con el estómago lleno que vacío, ¿no? En fin, tú verás, yo preferiría comer algo. Pero tú lo has querido.

En ese momento regresaba Smith con el cubo de agua y, tras vaciarlo sobre el retrete, lo depositó en el suelo.

– ¿No quiere colaborar, mi General?

– Se niega a comer a cambio de responder a mis inocentes preguntas. No parece estar muy dispuesto a darnos la información que queremos, así que…ya sabe usted lo que toca.

Smith se dirigió a George sin mediar palabra y empezó a bombardearlo con múltiples golpes en el estómago, la cara, la espalda, las piernas…, empleando para ello tanto la porra reglamentaria como sus propios puños. Ante el aluvión de golpes, que debió durar no más de 2 minutos, George se intentó proteger como pudo y lanzó unos gritos de dolor que, a su parecer, debieron escucharse a cientos de metros de distancia.

– ¡Pare! –ordenó Martens.

Smith obedeció de inmediato.

– ¿Sigues pensando igual? ¿Sigues sin querer colaborar?

– No pienso decirle nada, mi General –respondió George valientemente recalcando estas dos últimas palabras.

– Muy bien, a ver si sigues pensando lo mismo dentro de un rato. Vámonos Smith.

George se sintió aliviado. Por fin se iban.

– ¡Apaguen las luces en la celda 9!

Y se hizo de nuevo la oscuridad. Antes de marcharse y cerrar la puerta, Smith se dirigió a George con su potente voz:

– Espero que reflexiones y cambies de opinión. No seas imbécil. Si confiesas, tendrás una muerte rápida. Si no colaboras, serás torturado lentamente y morirás sufriendo como un perro. Piénsalo bien.

George volvía a estar completamente solo y empezó a pensar en lo que acababa de decirle Smith. Los dolores le estaban afectando verdaderamente, y su opinión empezaba a no ser tan firme como al principio, pero aún así concluyó que seguiría sin decir ni una palabra.
No pasó mucho tiempo desde la última visita cuando Smith y Martens volvieron a hacer acto de presencia en la celda.

– ¡Luces en la celda 9! –volvió a ordenar el escuálido General-. ¿Vas a colaborar, George?

Era la primera vez que se dirigían a él por su nombre, lo cual le agradó en gran medida, pero eso, claro está, no era suficiente para que cambiara de opinión.

– Por supuesto que no.

Una patada en los testículos por parte del propio Martens fue la única respuesta que obtuvo ante su negativa, lo que hizo que de inmediato se quedara sin respiración.

– ¡Cabrones! No conseguiréis nada de mí –gritó George con el poco aliento que pudo reunir.

– Perfecto. Tú lo has querido. Smith, traiga lo que hemos hablado -ordenó Martens refiriéndose a alguna conversación anterior con Smith en la que habían tratado los siguientes pasos a dar en el interrogatorio de George.

Un par de minutos después, Smith estaba de vuelta. Traía una bolsa repleta de mondadientes, un banco pequeño y una piedra rectangular cuyo tamaño permitía portarla en una sola mano. El guardia colocó el banco frente a George, se posicionó un poco más allá con las rodillas flexionadas y empezó a partir algunos mondadientes por la mitad. Acto seguido, le ordenó que colocara una mano extendida sobre el banco con el dorso hacia abajo, y empezó a insertarle en la uña del dedo meñique uno de los mondadientes partidos por la mitad. Lo siguiente fue lo realmente doloroso. Teniendo el trozo de mondadientes insertado en la uña golpeó con la piedra la parte sobresaliente del mismo con la fuerza necesaria para hacer que la uña saliera disparada en su totalidad. George lanzó un alarido de dolor mientras oía a Martens reírse a carcajadas. Le habían arrancado la uña del dedo meñique y sabía que las de los restantes dedos iban a correr ahora la misma suerte, a no ser que cambiara de opinión y empezase a colaborar.

– ¿Ha escuchado como grita General? –comentó Smith entre risas-. Parece un maldito cerdo en el matadero.

George empezó a reír entre dientes.

– ¿Esto es lo único que sabe hacer, General? ¿Éstos son los métodos de tortura tan temidos? No va a conseguir absolutamente nada de mí.

Martens hizo un gesto a Smith y éste empezó a prepararse para extraer la siguiente uña.

– ¡Agh! –gritó George al contemplar con enorme impotencia cómo otra uña salía disparada.

Les llevó casi una hora, pero finalmente George se había quedado sin uñas y, aún así, seguía resistiendo admirablemente. La parte negativa era que la tortura continuaba su curso.

– ¿Ha traído la cuerda Smith?

– Sí, Sr. Martens.

Smith se dirigió al lugar en que había dejado la bolsa de mondadientes y recogió una cuerda que había depositado en el suelo. George no la había visto, pero debió haberla traído junto con los mondadientes, el banco y la piedra.

– Desnúdate.

– ¿Cómo? –preguntó George.

– ¡Que te desnudes, coño! –gritó Smith. ¿No has oído al General?

George se desnudó no sin dificultad, pues tenía todo el cuerpo dolorido y las manos no las sentía como propias. Cuando se encontraba completamente desnudo, Smith le ató la cuerda alrededor de los testículos y el pene con gran fuerza. Esto produjo en George un daño indescriptible, pero lo más desgarrador estaba aún por llegar.

– ¡Ponte de cuclillas, maldito gusano! –gritó Martens.

Estando George en la postura ordenada, Smith se colocó frente a él sujetando la cuerda por el extremo contrario al que había atado a sus partes y empezó a tirar con violencia mientras reía sádicamente. George empezó a llorar desconsoladamente por el inmenso dolor que se había apoderado de él.

– ¿Vas a hablaro no? –le inquirió Martens-. Quiero los nombres y apellidos de quienes dirigen tu puto partido, planes a medio y corto plazo, lugares de reunión, etc.

Entre sollozos, George manifestó que su postura seguía siendo exactamente la misma. No obstante, tenía que reconocer que estaba empezando a cambiar de parecer. Comenzaba a ver con buenos ojos la llegada de una muerte rápida e indolora como panacea de los dolores y humillaciones que ahora sufría, pero consiguió nuevamente convencerse a sí mismo de seguir firme en su postura.

– Parece que tenemos un hombre duro ante nosotros, Smith –observó Martens pasados unos minutos.

– Eso parece, mi General.

– De momento lo vamos a dejar tranquilo. Por su bien, espero que cambie de idea, porque de lo contrario tendrá que enfrentarse a la cura de agua y a la limpieza del alma.

Volvieron a dejar solo a George después de retirarle la cuerda que le habían atado y ordenarle que se volviera a vestir, llevándose todo lo que Smith había traído en esta ocasión para torturarlo. Transcurrido un rato, por la rendija de la puerta de la celda le pasaron una bandeja de lo que se suponía era comida. En ésta únicamente había una especie de puré muy frío de un color grisáceo que inspiraba gran desconfianza y con un olormuy desagradable. Aunque estaba hambriento, fue incapaz de comérselo, pues sólo con olerlo empezó a tener unas náuseas incontrolables que le hicieron vomitar bilis. Finalmente, cayó en un profundo sueño derrotado por el sufrimiento que le afligía.
Después de unas horas, que a George le parecieron unos minutos, sus verdugos estaban de vuelta. En esta ocasión traían varios envases de cristal llenos de agua y una mesa de madera que a duras penas consiguieron introducir en la celda. Le habían retirado la bandeja con la asquerosa comida y mientras Smith terminaba de disponer la mesa Martens observaba a George con los brazos en jarra y una sonrisa malévola.

– ¿Supongo que sigues en tus trece, no? –preguntó el General como si ya conociera la respuesta de antemano.

George no respondió.

– Ya veremos si después de esto sigues siendo tan valiente –añadió Smith sin interrumpir su ajetreada actividad.

– No creo que pueda soportar la cura de agua, Smith, ¿no ve que no es más que un cobarde comunista? –dijo Martens sin desviar la atención de George.

– Esto ya está –repuso Smith.

– Muy bien. Empecemos pues. Tú –dijo Martens dirigiéndose a George con desprecio-. Túmbate en la mesa.

Sin decir palabra alguna, George hizo lo que le ordenaba. Una vez tumbado en la mesa lo inmovilizaron con unas correas que la misma llevaba incorporadas, y seguidamente le colocaron en la boca un trapo deslizándolo hasta la garganta, algo que le produjo unas náuseas momentáneas. Tras esto, Smith empezó a verter con lentitud el agua de uno de los envases de cristal a través del trapo, lo que empezó a inducir en George una extraña sensación de ahogamiento. Le faltaba el aire y tenía la impresión de que los pulmones se le encharcaban, aunque no sabía muy bien si esto le estaba ocurriendo realmente o si eran sólo figuraciones suyas.
Unas palabras ininteligibles de George hicieron detener esta tortura. Parecía que se había rendido, que estaba dispuesto a confesarlo todo a cambio de un disparo rápido y certero en la nuca.

– ¡Pare, Smith! Parece que está cambiando de opinión.

Smith dejó de derramar agua y retiró el trapo de la boca de George.

– ¿Estás dispuesto por fin a confesarlo todo? Ya sabía yo que un mequetrefe como tú al final se derrumbaría. Estos rojos son unos cobardes –insultaba a la vez que reía exultante.

A George le costó muchísimo recuperar el aliento perdido, pero una vez que se vio capaz, empezó a balbucear en un intento de darles su mensaje.

– No te entiendo maldito cabrón. Respira un poco si no va a ser imposible poder comprender lo que estás intentando decirnos.

George tosió fuertemente y escupió algo de agua.

– Lo que quiero deciros es que… -empezó a reír alocadamente-. No voy a confesar absolutamente nada. Por mí podéis torturarme cuanto convengáis que no me vais a sacar nada.

– ¡Smith, traiga el agua hirviendo en seguida!

– ¿Le va a aplicar la limpieza del alma? –preguntó Smith con cierto entusiasmo.

– ¿Usted qué cree, imbécil?

Smith no tardó demasiado. Trajo un cazo y una olla llena de agua desprendiendo un vapor que indicaba su elevada temperatura. Al entrar en la celda, Martens le arrebató la olla con cierta agresividad y le dio el cazo a George.

– Ahora te vas a beber toda esta agua hirviendo. Vas a sentir cómo te quema la boca y el esófago hasta llegar a tu estómago. Vas a experimentar tal dolor que desearás no haber nacido nunca, hijo de puta. ¡Vamos, bebe! ¡Mete el puto cazo en la olla y llévatelo a la boca!

George obedeció y con el primer sorbo sintió que ardía por dentro.

– ¡Bebe más! ¡No vas a dejar ni una gota de agua en la olla! ¿Me entiendes, bastardo?

George volvió a beber. En esta ocasión, el miedo lo llevó a precipitarse y a beber más cantidad de lo que su cuerpo podía soportar, sintiendo cómo se desvanecía cayendo de bruces en el suelo. Se había desmayado. Todas las torturas soportadas le habían pasado factura y su cuerpo ya no aguantaba más.
Cuando volvió en sí, seguía en la celda, aunque se encontraba tumbado en la mesa de madera en la que le habían provocado la sensación de ahogamiento que aún le torturaba en su memoria. Casi no podía moverse por los daños que le habían producido y, una vez se puso a pensar en el sufrimiento por el que le estaban haciendo pasar, su postura empezó a cambiar radicalmente. Ya no le encontraba sentido alguno a seguir callado y prolongar más su agonía; comprendió que no merecía la pena luchar contra un Régimen tan poderoso y que sus sacrificios habían sido en vano. Nunca lograrían derrocar al Régimen, nunca conseguirían recuperar la libertad y dignidad arrebatadas. Se dijo a sí mismo que en cuanto volvieran a entrar por la puerta esos malditos cabrones lo confesaría todo con una sola condición: en cuanto les dijera todo lo que querían saber, lo tendrían que matar de la manera más rápida e indolora posible. Había tomado una decisión, había optado por traicionar al partido y a sí mismo.
Pero en ese mismo instante, algo le hizo cambiar de opinión. Sus dos verdugos se encontraban fuera de la celda y podía oír lo que hablaban:

– Disfruté como un niño, mi General –comentaba Smith mientras manipulaba su pistola escenificando alguna de sus fechorías-. Estaba el tipo saliendo por la ventana de la casa después de haberla saqueado y pensando que iba a escapar impune, pero en cuanto lo vi no lo dudé, le apunté con mi pistola y… ¡Bang! Un disparo preciso que lo hizo caer al suelo prácticamente sin vida

– Hay que tener mano dura con esos delincuentes. No hay que dejarles pasar ni una.

– Claro que sí, Sr. Martens.

A continuación Martens, por precaución, prosiguió la conversación en susurros, pues aunque pensaba que George debía estar aún sumido en un placentero sueño debido a la cantidad de morfina que el doctor le había inyectado, no podía correr riesgos. Lo que no sabía era que hablar en susurros era insuficiente, ni que lo que iba a decir pudiera ser tan importante como para influir en la decisión que George pudiera tomar con respecto a su posible colaboración.

– Y cambiando de tema, tenemos que conseguir como sea que este tío hable, Smith. Llevamos semanas sin conseguir ningún tipo de información de ese repugnante partido de insurgentes y me estoy empezando a impacientar. Si hay que recurrir a métodos aún más violentos no lo dude que lo haré.

– ¿Tan mal están las cosas, mi General?

– Peor –apostilló Martens-. ¿Por qué cree que he venido yo en persona a interrogar a este hijo de puta? Lo cierto es que el partido es cada vez más fuerte y el Régimen podría empezar a estar pronto en peligro. Por eso necesitamos un golpe de efecto. Hay que desmantelar la sede central del partido, a la que cambian de ubicación cada cierto tiempo por seguridad como usted ya sabe, y detener a sus más altos dirigentes, pero para eso es primordial la información que este bastardo nos puede proporcionar. Sólo nos queda él en este momento, ya que los restantes insurgentes que estaban detenidos se encuentran criando malvas.

– Esperemos entonces tener algo más de suerte con éste.

George no cabía en sí de gozo, y sólo había sido necesario aguzar un poco el oído para obtener tan valiosa información. Se sentía algo culpable porque había decidido traicionar al partido, pero esa revelación le había llegado en el momento justo para modificar su postura y volver a recuperar la esperanza. Ningún método de tortura le haría cambiar otra vez de opinión. Estaba claro que todo lo realizado merecía la pena, que los sacrificios eran recompensados y él lo aceptaba con gratitud y emoción. Tenía energías renovadas y, a pesar de lo dolorido de su cuerpo y de su alma, sentía que era capaz de enfrentarse a todo lo que se le pusiera por delante.

– Entremos, Smith, y despertemos a ese cabrón.

A George le bombeaba el corazón de tal manera que casi podía oírlo latir con gran claridad. Cerró los ojos, pues decidió aparentar que aún estaba dormido para que así no sospecharan en ningún momento que había podido oír la parte susurrada de su conversación.
Cuando entraron, Martens y Smith vieron que George estaba tumbado en la mesa tal y como lo habían dejado y que aún seguía dormido.

– Smith, despiértelo- exigió el General con tono impaciente.

El guardia se acercó con sigilo a la mesa de madera para no despertar a George con algún inoportuno ruido y, con su pistola, que seguía teniendo en sus manos debido a la divertida anécdota que le había contado a su superior, le dio unos golpes en la cabeza con una violencia desmesurada para el objetivo que perseguía.

– ¡Agh! -George no pudo contenerse y emitió un grito estremecedor.

En ese momento, por el nuevo e inesperado daño sufrido, la rabia que sintió George le dio las fuerzas necesarias para saltar de la mesa y abalanzarse sobre Smith, quien de manera instintiva apuntó a su cabeza con la pistola y apretó el gatillo. Martens, que antes de que Smith se dejara llevar por sus instintosanticipó las intenciones de éste, le gritó con rabia algo que pareció resultarle indiferente a juzgar por su actuación:

– ¡Estúpido! ¿Qué coño está haciendo? ¡Está indefenso y muy débil! ¡No puede hacerle nada!

Pero la bala ya había sido disparada y se dirigía inevitablemente rumbo a la cabeza de George. Éste pudo notar cómo el proyectil le alcanzaba la frente, le atravesaba el cráneo y se incrustaba en la masa encefálica. Inmediatamente un calor le recorrió todo el cuerpo y cayó al suelo mientras sus orificios nasales expulsaban sangre tímidamente. Todo parecía haber acabado.

George abrió los ojos y se preguntó si estaba ya muerto. Se encontraba sobre un colchón cuya dureza e incomodidad le resultaban bien conocidas, así que empezó a inspeccionar el entorno que lo rodeaba. Era una habitación con muchísima iluminación gracias a un enorme ventanal por el que la luz del alba penetraba con intensidad. Asimismo, sus colores eran de una suavidad relajante y su escaso mobiliario le daba un aire de humildad y sencillez desmedidas. No podía dar crédito, pero al parecer se encontraba en la habitación del piso al que se había trasladado para evitar poner en peligro a su familia. Incrédulo, se tocó la frente para encontrar el rastro de la bala, pero sólo pudo sentir en la yema de sus dedos el sudor que perlaba su frente. El cuerpo no le dolía, las uñas seguían protegiendo fielmente la parte final de sus dedos, se sentía lleno de energía y comenzaba a entender lo que había pasado. Su inconsciente le había traicionado (o ayudado, según se mire) obligándole a enfrentarse a sus miedos más indómitos mientras dormía plácidamente después de un día de mucho trabajo y estrés en la sede del partido. Aún más, le había hecho comprender la importancia de su labor y la de sus camaradas de partido en pos de acabar con el Régimen y conseguir la tan ansiada libertad, y que sin tal labor lo único que conseguirían sería dar más fuerza al Gobierno imperante y perpetuarlo en el poder indefinidamente. Había alcanzado a entender que existía esperanza más allá de la muerte de uno de los miembros del partido y que más tarde o más temprano la cordura se impondría a la locura y la dignidad y la libertad serían devueltas a su legítimo dueño: el Hombre. Por tanto, llegóa la conclusión de que había que seguir luchando sin desfallecer en tan honorable labor y aceptando la más que posible muerte como parte misma de dicha lucha, pues todo lo realizado merecería la pena.
Y estaba George inmerso en estas observaciones tan esclarecedoras al tiempo que dominado por una alegría incontenible cuando, de repente:

¡¡¡Pom, pom, pom!!!…
Al otro lado de la puerta alguien la golpeaba con enorme impaciencia y brusquedad. Instantes después, y tras haber recibido un fuerte golpe en la cabeza, se veía arrastrado por un par de corpulentos hombres fuera de su casa.
Pero en ese momento extrañamente familiar, George pudo comprobar con gran satisfacción que ya no tenía miedo, pues ahora sabía que poseía algo que no le podían arrebatar: el deseo y, por tanto, la esperanza de recuperar la libertad y dignidad humanas.

Fin

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  1. El Hispano says:

    Tremedo pisha! Puuff,,, pero si puedo decir algo, dentro de lo que cabe es algo muy normal, hay dos bandos enfrentados, uno teme su extinción y tienen que hacer lo que sea po rmantenerse. En las guerras politicas las cosas son asin, si tu no eres de mi partido estas contra mi. Y hacen lo que sea por mantenerse a flote. Es injusto si, pero son asi. Si te digo qu elo smetodos de torturas son muy buenos. De hecho yo aplicaba esos y algunos mas a mas de un cabron que hay encarcelado y aun por encarcelar. Y aunque estudie derecho, para nada estoy de acuerdo con el regimen que tenemos. Ni tanto ni tan calvo. Creo que me entiendes no ?.- Ma gustao mucho el ralto pisha! enorawena!

  2. Raúl (Administrador) says:

    Respuesta a El Hispano: pues sí, entiendo lo que dices perfectamente. Es cierto que muchas veces, tal y como está planteado todo esto, se termina más protegiendo los derechos del delincuente que los de la víctima. En fin… En cuanto a la lucha de partidos, creo que hoy día existe eso, y aunque es cierto que no se pegan mamporros literales, también lo es que la mayor parte del tiempo están mas atentos en desprestigiar y “dar caña” al contrincante que en hacer algo bueno por el país (y esto lo hacen todos los partidos: los de izquierda, los de derecha, los de centro y los de su puñetera madre).
    Para terminar, darte las gracias por haberte leído el relato y haber dado tu opinión al respecto y decirte que me alegro mucho de que te haya gustado, aunque he de reconocer que es un relato demasiado “facilón” y que todavía tengo muchísimo (por no decir todo) que mejorar en la tarea de escribir.
    Saludos.