«EL PRINCIPITO»: ¿UN CUENTO PARA NIÑOS?

Escrito: 3 octubre 2008 por Raúl (Administrador)
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He de reconocer que yo no había leído El Principito hasta hace unos días, pero me he quedado estupefacto cuando algunos compañeros de facultad me han comentado que esta obra ya la habían leído en el colegio siendo aún muy pequeños. Y es que aunque El Principito adopta la forma de una fábula o un cuento infantil, en el fondo encierra unos mensajes muy profundos que difícilmente pueden ser aprehendidos por un niño, a no ser que un adulto le guíe a la hora de descifrar el subtexto que hay oculto en cada uno de sus párrafos.
Antoine de Saint-Exupéry parte de la idea de que los niños tienen intacta la capacidad para captar la esencia de las cosas, para seleccionar lo relevante y, con ello, disfrutar de la vida sin prestar atención a lo superfluo. Esta idea es muy acertada, especialmente si la analizamos desde la psicología evolutiva. Así, en los primeros años de vida, la ausencia de una historia amplia de aprendizajes previos facilita que el niño pueda percibir las cosas tal y como son (o, al menos, de manera más fiel a la realidad), sin que existan interferencias por parte de experiencias anteriores que puedan provocar una deformación de la información que se procesa. Pero además de ser una idea acertada, es un mensaje de alarma a las “personas grandes” para que seamos conscientes de que todos seguimos teniendo un niño en nuestro interior al que no sólo podemos sino que también debemos escuchar para salir de nuestra letargia y volver a dar prioridad a las cosas que verdaderamente son esenciales para poder vivir siendo felices.
En definitiva, tenemos que hacer un esfuerzo por recuperar nuestras facultades infantiles para que así: podamos volver a captar la esencia de las cosas en vez de quedarnos únicamente en lo que aparentan de un modo superficial (es decir, podamos volver a ver una boa abierta o cerrada en lugar de un sombrero), dejemos de perder el tiempo en rutinas que no llevan a ningún lugar (es decir, dejemos de ser faroleros sumidos en una rutina que nos absorbe la mayor parte de nuestro tiempo); dejemos de ser vanidosos en busca de la admiración de los demás; dejemos de refugiarnos en la bebida cuando tenemos un problema; entendamos que lo que es importante para uno puede no serlo para otro, y que esto es así porque cada uno de nosotros le otorga a cada evento, objeto o persona un significado personal e intransferible (esto sería la base para lograr el máximo respeto entre las personas con independencia de su cultura de procedencia, sus ideas políticas,…); etc.
Por todo ello, desde aquí invito a todos a realizar ese ejercicio de reflexión que ya el propio Antoine realiza de forma sublime en su fábula El Principito: oigamos al niño que llevamos dentro y salgamos de la espiral de rutinas y banalidades en que se ha convertido nuestra sociedad (busquemos un pozo en el desierto cuya agua consiga saciar la sequía e ignorancia cognitivas y la inoperancia reflexiva a las que indefectiblemente nos conduce la edad).

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