“ATERRADOS”

Escrito: 24 agosto 2018 por Raúl (Administrador)
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Aún era de noche, rondaban las 5 de la mañana y, aunque el frío arreciaba, Jorge y su amigo Andrés ya estaban preparados para comenzar la etapa del día. Llevaban meses preparando la peregrinación a Santiago que habían comenzado hacía sólo 2 días, y siempre habían mostrado gran ilusión por comenzar una de las etapas por la noche.

—¿Lo has cogido todo? —preguntó Jorge antes de dejar atrás aquel albergue en el que, de forma desconcertante, se mezclaban el olor a pies con la excelsa amabilidad de todos y cada uno de los peregrinos.

—Sí, todo —se limitó a decir Andrés con aspereza.

Pasados unos minutos, y tras atravesar las diferentes dependencias del albergue con gran sigilo para no interferir en el descanso de los agotados caminantes, ambos se encontraban ya poniendo un pie tras otro en dirección a Pontevedra.
Los primeros compases, aunque sin mucho diálogo, transcurrieron con normalidad. Calles perfectamente alumbradas y sin ningún ruido ni compañía extraña que pareciera alterar en lo más mínimo el ánimo de los dos viajeros.

—¿Has visto lo que hay al final de la calle? —preguntó Andrés sin mirar a Jorge a los ojos.

—Vaya, sí…

En su horizonte, el final de la calle enlazaba con un pequeño sendero que se adentraba en lo más profundo de un espeso y oscuro bosque. Ambos se miraron y no hizo falta mediar palabra para saber lo que estaban pensando: no ha sido una buena idea salir de noche. Pero como ninguno quería mostrar su debilidad ante el otro, miraron altaneros al frente y se adentraron en el camino con una mal disimulada incertidumbre.
Apenas llevaban recorridos unos metros cuando sus ojos se acostumbraron a la lobreguez, pero aun así la visibilidad era muy escasa, tropezaban continuamente y ello alimentaba aún más la inquietud y el miedo. Jorge, raudo, decidió sacar su pequeña linterna.

—Joder, que poco alumbra esta mierda —se quejó casi entrando en pánico al comprobar la escasa luz que arrojaba el artefacto.

En ese instante, una sombra cruzó el sendero de lado a lado a escasos metros del lugar en que se encontraban. Seguidamente, les pareció escuchar entre los arbustos ruidos que se asemejaban a los de una persona esforzándose por ocultarse. Éstos parecían provenir de diferentes direcciones y los dos peregrinos comenzaban ya a dar por hecho que, en el mejor de los casos, iban a ser atacados por algunos granujas gallegos de medio pelo.
Los dos inseparables compañeros decidieron quitarse la máscara y reconocer frente al otro que tenían miedo, que estaban aterrados. Así, Jorge dirigió la débil luz de su pequeña linterna a la cara de Andrés intentando buscar en su mirada algún gesto que le insuflara seguridad, pero en su lugar encontró un rostro acongojado y unas manos que, trémulas, se apresuraban a sacar de su mochila la navaja multiusos que días atrás habían usado para abrir pan y cortar embutido.

—¿Quién hay ahí? —preguntó Andrés con un hilo de voz mientras avanzaban lentamente casi abrazados.

Los ruidos de los arbustos se detuvieron de pronto.

—¿Qué quién hay ahí? —gritó ahora con más fuerza al tiempo que empuñaba la navaja con algo más de audacia.

Silencio…

Contrariamente a lo que cabría esperar, el silencio absoluto les dio el valor suficiente para seguir avanzando a través del sendero. No sabrían decir si fueron solo unos metros o un puñado de kilómetros, pero lo que sí es seguro es que les pareció la distancia más larga que jamás habían cubierto a pie. Para cuando el sendero terminó y comenzaron a adentrarse de nuevo en núcleo urbano, ambos no podían dejar de mirarse aliviados y, aunque jamás sabrán decir qué fue aquello que se cruzó en su camino, lo que sí les quedó muy claro es que el miedo mal gestionado, sin ningún género de dudas, es la peor de las compañías para cualquier camino que se quiera emprender.

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