“EN TIERRA DE PÉSICOS”

Escrito: 21 junio 2018 por Raúl (Administrador)
Etiquetas: ,

Era un día más en la vida de Esteban. Sus ovejas pacían a orillas del río Narcea mientras él, meditabundo, no veía el momento de llegar a casa para reunirse con Nadia. Llevaban ya mucho viviendo juntos, pero pasaba tanto tiempo fuera de casa que siempre estaba deseando poder estar un rato con ella.

—Que frío hace hoy —dijo para sí en un susurro frotándose las manos.

En ese preciso instante, una flecha surcó el cielo desde el otro lado del río y descendió hasta alcanzar a un ejemplar de su humilde rebaño. La oveja, exangüe, parecía transmitirle con su mirada inerte el mismo mensaje que no paraba de rumiar ya en su cabeza: debes protegerla, debes ponerla a salvo.

—Parece que estos albiones despreciables van a cumplir con su amenaza —farfulló antes de salir disparado hacia la aldea dejando a la manada abandonada a su suerte.

La rivalidad entre pésicos y albiones, poblados vecinos que luchaban constantemente por lograr su hegemonía, era de sobra conocida por todos. La amenaza de una guerra entre ambas regiones se convertía ahora en una realidad lamentable.

—¡Nadia! ¡Nadia! —gritó Esteban nada más entrar en su cabaña sin poder disimular el pánico que se había apoderado de él.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella con preocupación al ver el terror reflejado en los ojos de su esposo.

—Nos atacan… con flechas, nos atacan —acertó a decir dubitativo.

Antes de que Nadia articulara la siguiente pregunta, un ruido ensordecedor se apoderó de la conversación. A lo lejos, podía vislumbrarse cómo las primeras cabañas del poblado habían caído y eran pasto de las llamas. El pánico era absoluto, casi todos huían despavoridos y sólo un reducido grupo de pésicos se estaba organizando para plantar cara al enemigo.
Esteban miró a su mujer pensando, creyendo, que ésa sería la última vez que la vería con vida, que ya no volvería a disfrutar más de su sonrisa, de sus miradas, de sus caricias. Aún no la había perdido y ya comenzaba a echarla de menos. Esta epifanía lo sacó de su aturdimiento y fue entonces cuando tuvo claro que debían salir de allí cuanto antes.

—Ven conmigo —dijo presuroso mientras le tendía la mano—. Conozco una manera de salir de aquí, sólo tenemos que llegar hasta el bosque.

Al salir de la choza todo era fuego, muerte, destrucción. Ambos corrían esquivando la muerte a cada paso para dejar atrás, al fin, un paisaje desolador y lúgubre. Por delante tenían todo un futuro por construir, atrás quedaba la historia de todo un pueblo, el pésico, hecha añicos.
Mientras caminaba, Esteban no podía abandonar el gozo de contemplar, en el rostro de su esposa, el alivio de quién acaba de escapar de una muerte segura. Él, en cambio, aunque también se sentía a salvo, no podía parar de preguntarse una y otra vez: «¿Podrán recuperarse algún día el orgullo y la grandeza de los que otrora han gozado los pésicos?»

Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir con un amigo