“ELÁSTICO”

Escrito: 27 agosto 2017 por Raúl (Administrador)
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Caminaba por la calle, tranquilamente y al igual que cualquier otro día, camino de resolver un asunto sin determinar. No sabría precisar hacia dónde iba ni a hacer qué, pero allá que iba, con la seguridad de quien sabe hacia donde va. Como siempre, iba mirando allí y aquí, fijándose en cada detalle, en cada persona, en cada gesto o palabra, en todo. Algunos llamaban a eso “ser un cotilla”, él sabía que se equivocaban, ya que se dejaban llevar por sus absurdos prejuicios sin percatarse de lo mucho que a él le fascinaban el comportamiento humano y los pequeños detalles.
Inmerso en estos quehaceres propios de la observación, no le eran ajenas ciertas sensaciones que estaba empezando a experimentar en su boca. Sentía cierta incomodidad, como si los labios estuvieran pegados a las encías, como si la hilera de dientes de arriba estuviera fundida con la de abajo. Tenía la clara intuición de no ser capaz siquiera de articular palabra en caso de que el devenir callejero lo requiriera. Ya se sabe, en un pueblo resulta bastante sencillo encontrarse a cada paso con alguien conocido, un saludo, una palabra, una conversación.
Comenzaba a lamentarse cada vez más, pues la intuición estaba dando paso a la certeza, por lo que la confusión acerca de lo que le estaba ocurriendo comenzaba a jugar y darse la mano con el pánico social de no ser capaz de interactuar con el siguiente convecino. Pero se equivocaba.

– ¡Hombre, qué tal! ¿Cuánto tiempo no?

– ¡Hola! ¡Pues sí! -articuló con sorpresa al comprobar que sus peores temores eran infundados-. Creo que la última vez fue en la cena de parejas de hace un par de meses, ¿no?

– ¿Sí? ¿Tanto? Somos unos descastados.

La sensación bucal no desaparecía, aunque sorprendentemente podía hablar. Empero, la incomodidad era tal que, mientras su amigo de cenas ocasionales seguía hablando, él empezó a hurgarse en la boca con la mayor sutileza posible.
¿Cuándo demonios me he metido yo este chicle en la boca?, pensaba mientras el otro seguía parloteando sobre uno de sus últimos conflictos en el trabajo. Encontró, para su perplejidad, que tenía un pegajoso y elástico chicle adherido a diferentes zonas de sus encías y dientes. Intentó retirarlo, taimado él, con su propia lengua, pero no se movía, era como si formara parte de su ser, como si alguien lo hubiese puesto ahí para que ya nunca más pudiera ser despegado.
Su amigo seguía hablando sin parar y él, para dar la impresión de que escuchaba con atención, se limitaba a asentir de cuando en cuando con la cabeza o a repetir la última palabra articulada. Lo que más le importaba era retirar ese chicle cuanto antes, por lo que cada vez le importaba menos lo que el otro pudiera pensar, decir o sentir. Así las cosas, había que abandonar la sutileza inicial y comenzar a hurgar de verdad. Dirigió los dedos índice y pulgar de su mano izquierda hacia el interior de su boca y comenzó, sin vergüenza ni reparo algunos, a tirar de la masa elástica que tanta angustia le estaba ocasionando. Parecía que ahora sí, se despegaba, aunque era muy elástico. Se sentía ya, al menos, algo esperanzado en que ésto iba a llegar a su fin. Lamentablemente, volvía a equivocarse. Él retiraba y retiraba, pero esa masa no parecía tener fin. En algunas zonas, incluso, tiraba y la extensión que alcanzaba el chicle entre los dedos que lo agarraban y la parte de la encía a la que estaba pegado podía alcanzar los 30-40 centímetros.
El surrealismo de la situación sólo era equiparable a la indiferencia de su interlocutor, ya que éste no interrumpía su discurso en ningún momento pese al extraño espectáculo que tenía ante él. Sin embargo, esa impasibilidad del charlatán de las cenas contrastaba con la ansiedad que el maldito chicle le estaba ocasionando. El corazón ya empezaba a palpitarle con celeridad, las primeras gotas de sudor empezaban a perlar su frente, los temblores en sus manos comenzaban a hacerle mella. Seguía tirando y tirando, logrando arrancar algunas partes de la flexible golosina y sintiendo como si cada parte de la encía que quedaba libre del pegajoso dulce estuviera en carne viva, ardiente, punzante. La idea de que no lograría deshacerse nunca de esta angustiante sensación comenzaba a apresarlo, pero volvía a equivocarse, aunque sería por última vez. De repente, su parlanchín amigo se disolvió, las calles se hicieron añicos y todo lo que lo que había a su alrededor dejó de estar ahí. Se sentía somnoliento y, al mirar en derredor, todo le resultaba bastante familiar. Estaba en su cuarto, aún no había amanecido y había vuelto a ser presa del mismo sueño recurrente que lo atormentaba desde hacía semanas.

– El estrés y las preocupaciones me están haciendo mella, no sé cómo pero tengo que hacer que esto se acabe -se limitó a decir en voz baja para sí mismo al tiempo que se acurrucaba entre el calor de las sábanas-.

El angustioso chicle ya no lo visitaría más, esa noche.

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  1. TEBO says:

    He sentido la tensión y la angustia del protagonista hasta el final. Muy Bueno.

  2. Raúl (Administrador) says:

    Respuesta a TEBO: me alegro mucho de que te haya gustado. Ojalá fuera más prolífico, pero siempre es satisfactorio que, aunque sea poco lo que uno escribe, pueda gustar en mayor o menor medida.

    ¡Un abrazo!

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