“ACOSO”

Escrito: 20 junio 2017 por Raúl (Administrador)
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Un sábado más volvía de casa de su abuela, acompañado en esta ocasión por una bolsa llena de cromos y su hermano pequeño. Jorge acostumbraba a visitar cada sábado el quiosco de su abuela quien, a pesar de no ser la persona más generosa del mundo, siempre lo obsequiaba con alguna dádiva. En esta ocasión había tenido suerte: ¡toda una bolsa llena de cromos de fútbol que esperaban ser abiertos! Caminaba exultante, deseoso de llegar a casa para abrir todos y cada uno de los sobres y comprobar qué le deparaba la fortuna. Ya se imaginaba a sí mismo el lunes en el colegio, presumiendo con sus compañeros de esos cromos tan difíciles de conseguir e intercambiando aquellos otros que salen una y otra vez.
De repente, toda la euforia se desplazó a kilómetros de distancia. Ahí estaba él, una vez más. Respondía al nombre de Lolo, un gitano de barrio marginal que en los últimos tiempos estaba haciéndole la vida imposible. Le robaba, lo agredía y lo humillaba cada vez que se lo cruzaba por el pueblo. Ese día parecía que lo estuviera esperando. A día de hoy, Jorge entiende que Lolo no era más que una víctima del sistema, un pobre chaval que tuvo la mala suerte de nacer en el seno de una familia desestructurada marcada por la drogadicción y la delincuencia. Entonces, sólo veía a un ser despiadado que nunca se cansaba de hacer el mal.
Nada más verlo, Jorge le hizo un gesto a su hermano para que se apartara a un lado y siguiera caminando una vez alcanzara la posición de Lolo. Sabía que éste iba a pedirle que se parara, así que, con el fin de proteger a su hermano, le pidió que lo dejara sólo y siguiera caminando hasta llegar a casa.

– ¿Dónde vas? Para ahí -le ordenó con desdén el malvado chaval-.

Era un chico bajito, rubio, de ojos claros y se podría decir que incluso guapo, seductor. Una pena que desperdiciara su vida robando y humillando a los demás, pues de seguro que con ese físico habría sido muy popular entre las chicas. Estas cosas, a la edad de Jorge, se valoraban demasiado.

– ¡Que te pares! -le gritó al ver que Jorge trataba de hacer caso omiso al primer mandato-.

Trémulo, se detuvo y dirigió su mirada directamente y por vez primera a Lolo, reparando justo en ese momento en que éste iba acompañado por un amigo de fechorías. Lo cierto es que nunca iba sólo, cobardía que constituía otra muestra más de que, en el fondo, era una víctima y no un verdugo. Probablemente, Lolo estaba tan asustado por la propia vida como Jorge lo estaba por su presencia.
Su hermano siguió caminando, como bien le había pedido, y a ninguno de los dos, ladrones de poca monta, pareció importarles. Sólo querían a Jorge y su bolsa.

– ¿Qué llevas en la bolsa? -le preguntó el pequeño rubio de ojos claros-.

El otro ladronzuelo no articulaba palabra, se limitaba a mirar curioso la escena sin participar en ningún momento. Aparentaba no estar de acuerdo con el plan de su amigo.

– Nada -se limitó a decir Jorge con la impresión de estar resistiéndose tanto al miedo como a la seducción de su mirada-.

– No me lo creo. Ábrela -le conminó-.

Tenía la impresión de que le temblaba todo el cuerpo, por lo que tomó muchas precauciones para que no se notara al abrirle la bolsa y presentarla ante él. Ahí debió ser cuando comenzó a urdir su plan y a llenarse de valentía, lo que se vio aún más reforzado cuando miró al horizonte y comprobó que su hermano ya estaba a salvo.

– ¡Qué cantidad de cromos! ¿De dónde los has sacado?

Jorge no respondió. Dirigía todo sus esfuerzos a mirarlo por encima del hombro para así sentirse superior a él.

– Son míos, así que dámelos ahora mismo -espetó Lolo al tiempo que dirigía sus manos a la bolsa-.

Ahora o nunca, se repetía una y otra vez Jorge. Su valentía iba in crescendo, no soportaba más esa situación y había decidido terminar con ella.
Para cuando quiso actuar, Lolo ya había prendido la bolsa y forcejeaba con Jorge por arrebatársela de entre sus manos. Algo diferente estaba notando, no parecía el Jorge de siempre, ese que siempre cedía, sumiso, ante cada orden.
El forcejeo parecía interminable, no estaba claro quién ganaría, las fuerzas parecían estar igualadas y Jorge era consciente de que no le bastaría la simple resistencia para salir victorioso, tenía que ser más contundente. Y eso hizo. Soltó una de las manos de la deseada bolsa, sin dejar de aferrarse fuertemente a ella con la otra, y la dirigió hacia la camiseta de Lolo, haciendo un gurruño con ésta y zarandeándolo como un muñeco de trapo.
Lolo se hacía cada vez más pequeño, la actitud de su víctima le había cogido por sorpresa al no contemplar su plan tal devenir de los acontecimientos. Por añadidura, y para su desgracia, su disconforme compañero seguía siendo un mero espectador de la escena, a estas alturas no parecía muy probable que cambiara de opinión y comenzara a participar en ella.

– ¡Suelta la bolsa, me tienes harto! -gritó el pobre Jorge sin dar crédito ni saber de dónde estaba sacando toda esa valentía-.

Lolo, sorprendentemente, soltó la bolsa aunque no tiró la toalla, su orgullo no parecía permitírselo. Jorge lo vio en su rostro, notó que iba a agredirlo al comprobar cómo armaba su puño para dirigirlo contra su rostro. Fue entonces cuando, al tener la bolsa en su poder de nuevo y pudiendo usar ambas manos, empujó al gitano contra unos escalones que daban acceso a un mercado, anticipándose de este modo a la maniobra agresiva del rubio rufián.
No podía creerlo, le había plantado cara a quien lo había acosado durante meses y, curiosamente, ahora ya no le daba ningún miedo. Miró hacia los escalones y vio a un Lolo débil, temeroso, un Lolo que nada tenía que ver con el ser abyecto de siempre. Parecía haberse golpeado con los escalones la cabeza y la parte baja de la espalda, pues se quejaba de dolor en ambas zonas mientras su amigo lo asistía. Pero sin ningún género de dudas, donde más dolor debía sentir era en su orgullo.
En ese preciso instante Jorge, ufano, comenzó a correr en busca de su hermano. Estaba deseoso de contarle lo ocurrido, informarle de su victoria y decirle que Lolo ya no volvería a molestarlos nunca más. Y, aunque tenía algunas dudas sobre si eso sería o no así, no se equivocó. Nunca más volvió a verlo, nunca más volvió a acosarlo, nunca más volvió a saber de él. Ahora, cada vez que recuerda este episodio, no puede evitar preguntarse: ¿qué habrá sido de ese pobre chaval, esa víctima que acosaba para, con la miseria de sus acosados, sentirse menos desgraciado?

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  1. Laura says:

    En cuántas ocasiones deberíamos actuar como Jorge y plantarle cara a todo lo que nos hace sufrir innecesariamente.
    Ojalá muchos jóvenes leyeran este relato.
    Felicidades una vez más ;).
    Un beso.

  2. Raúl (Administrador) says:

    Respuesta a Laura: muchas gracias por tu comentario. Y sí, todos pasamos por alguna situación a lo largo de nuestra vida en la que necesitamos ser como Jorge, ser valientes y afrontar aquello que nos causa temor. Desde aquí, mando ánimos a todos los que estén pasando por alguna situación de esta índole. ¡Ánimo!
    ¡Gracias también por tus felicitaciones!

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