“EL DEBUT”

Escrito: 19 Abril 2017 por Raúl (Administrador)
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Eran muchos los años que llevaba soñando con ese momento y ya, de hecho, había perdido la esperanza. Jamás jugaría en la liga escolar, jamás podría experimentar las sensaciones que rodean a esa experiencia. Pero parecía que su momento había llegado.

– ¿Tú deseas jugar en la liga? -le comentó el entrenador con una fría indiferencia-.

– Sí, claro -contestó él tratando de ocultar la euforia-.

Creía haber fracasado en sus torpes esfuerzos por permanecer impasible, pero el entrenador no dio muestras de haber percibido su satisfacción.

– ¿Y por qué no me habías dicho nada? -le espetó-.

No podía creer que llevara meses mereciendo debutar y que hasta ahora no lo hubiese logrado, simplemente, por no haberlo pedido. La poca trascendencia que el míster atribuía a una situación tan vital para él comenzaba a exasperarle.
El preparador metió la mano en uno de los bolsillos de su viejo chándal y sacó un papel.

– Llévate esto para que lo firmen tus padres. Es la autorización para poder jugar este mismo viernes -le dijo mientras le tendía un arrugado papel-.

Para el míster era un trámite habitual sin importancia, un papel más que sacaba de su bolsillo para otra nueva incorporación al equipo. Para Jorge, el momento con el que tantas veces había soñado.

– Vale -acertó a decir lacónico mientras doblaba cuidadosamente el papel-.

Ya camino de casa, ufano y sin dejar de comprobar a cada momento que la autorización seguía en su bolsillo, no podía dejar de pensar en el viernes. ¿Cómo sería su debut? Siempre le gustaba imaginarse a sí mismo trenzando alguna ingeniosa jugada con los más habilidosos de sus compañeros y culminándola con un maravilloso gol. Todos los presentes celebrarían su gol con euforia y los compañeros lo abrazarían uno a uno al tiempo que elogiarían su extraordinaria calidad. Aun así, las dudas sobre si sería capaz de tener tan buen debut planeaban con frecuencia por su cabeza.

– Mamá, tienes que firmarme esto.

Jorge no era muy dado a expresar sus sentimientos, más bien tendía a ocultarlos. Los negativos para no hacer sufrir a quienes más quería, y los positivos por temor a sentirse ridículo si todo salía mal. Por ello, entregó la autorización a su madre sin demasiados aspavientos.

 – ¿Esto qué es hijo? -preguntó su madre con curiosidad mientras lo leía por encima-.

Una autorización que me ha dado Luis para jugar en la liga escolar. Como soy menor de edad, los padres tienen que firmarla y dar su consentimiento para poder participar en el campeonato -respondió Jorge con diligencia-.

– Ah, que bien. Ahora me va a salir futbolista el niño -dijo su madre risueña-.

Lo cierto es que Jorge nunca le había contado la ilusión que todo eso le hacía, por lo que en cierto modo comprendía que la reacción de su madre no fuera la que él deseaba. Aun así, se sentía muy orgulloso de la libertad que sus padres le daban en todos los planos de su vida, aconsejándolo siempre que era necesario pero dejándolo también cometer sus propios errores. Por eso, en ningún momento dudó que su madre firmaría la autorización.
Los días siguientes estuvieron llenos de nervios, dudas, responsabilidad e ilusión. Y a destacar, un gran momento: la entrega de su equipación. Era consciente de que esa misma equipación ya había sido usada en temporadas anteriores por otros compañeros, pero aun así la recibió como si él mismo fuera quien la estrenara.
Así, como en un mar a la deriva golpeado por olas de diferentes tonalidades emocionales, pasó la semana hasta la llegada del día del gran debut. Y nada empezaba como había imaginado.

– Iván, en la portería -comenzó Luis recitando la alineación que jugaría de inicio-. Raúl, Juanma y David en la defensa -continuó leyendo-.

A Jorge no le hacía falta seguir escuchando. Jugaba como lateral izquierdo, por lo que en ese punto de la lectura del míster se esfumaban sus opciones de debutar como titular. Le tocaba comenzar desde el banquillo.
No esperaba algo así, sus mágicos pensamientos lo habían situado siempre en otro escenario completamente diferente. Su inseguridad, ya suficientemente poderosa en él, se hizo gigante con este revés, sintiéndose, al verse junto a los demás compañeros de banquillo, el peor de los jugadores. Jorge era así, se creaba siempre expectativas elevadísimas de todo cuanto debía afrontar y, al toparse con lo irreal de las mismas, descendía al peor de los infiernos con la sola compañía de sus dos peores enemigos: la inseguridad y la ansiedad.
El partido se desarrollaba con normalidad, no así el torbellino de emociones que minaba el ánimo de Jorge. A cada minuto que pasaba veía más improbable su debut, por lo que la ilusión se hacía cada vez más pequeña. Pero justo cuando ya daba por perdida su oportunidad de saltar al terreno de juego…

– ¡A calentar, Jorge! -gritó el míster en tono perentorio-.

Sólo restaban 5 minutos para finalizar el encuentro y no era el debut soñado, pero era una oportunidad. Se puso en pie y sintió cómo el corazón le latía con más y más fuerza, las manos le sudaban y las piernas no le respondían debidamente. Sus movimientos carecían de precisión, por lo que se sintió muy confundido. Había esperado tanto ese momento… ¿por qué sentía cosas tan diferentes a las que siempre había soñado?

– Mucha suerte -le deseó Raúl, el compañero al que iba a sustituir, al pasar a su lado-.

– Gracias -dijo Jorge mientras entraba titubeante al terreno de juego-.

De repente era un mar de dudas, no sabía dónde colocarse y el campo lo veía como si fuera diez veces más grande de lo que realmente era. La imprecisión de sus movimientos iba a más y la boca la sentía tan seca que no era capaz ni de abrirla ni cerrarla con normalidad. ¿Sería capaz de hacer algo medio decente con el balón?

– ¡Es tuya, Jorge! -gritó Juanma-.

El balón dejó de ser un balón para convertirse en algo así como un paquete bomba que había que soltar cuanto antes para evitar que explotara en sus pies. Y eso hizo, pasarlo rápidamente a un compañero que tenía frente a él.
Pero ese no era el mayor de sus problemas. Había que sumar ahora una nueva y desconocida percepción: un ligero dolor en el estómago que se convertía en leve ardor a medida que ascendía por su pecho y que provocaba la curiosa sensación de caer al vacío. Sentía unas ligeras náuseas como parte de su cuadro de ansiedad, palabras ambas que desconocía y con las que más adelante trabaría una tan íntima como devastadora amistad. No comprendía nada y seguía sin comprenderlo cuando el pitido del árbitro puso fin a tan malogrado debut. Con el tiempo, Jorge comprendería que esto no era más que una señal de lo que, algunos años después, estaba por llegar. Todo esto no era más que el comienzo.

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